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lunes, 27 de diciembre de 2010

La irresistible ascensión (y caida) de la monarquía en España


Lucas León Simón (www.larepublica.es)

Desde pequeño tengo convicciones republicanas. Obviamente, no sintonizo ni simpatizo en nada con realezas y monarquías de ningún tipo.

Aficionado a la historia y a su interpretación crítica, creo que la secular alianza trono-altar ha sido funesta para el progreso de los pueblos. Los reyes, y sus imperios, han actuado de permanente freno en las conquistas sociales y de libertades formales. Sus políticas de intereses han impulsado y sostenido cruentas guerras, con el pueblo llano como aportador de sangre y víctimas. Y sus fundamentalismos religiosos han reducido el cerebro y la visión del mundo a millones de personas durante milenios.

La evolución de la monarquía en nuestro país es paradigmática. La pomposamente llamada “Unidad Nacional” que lograron los Reyes Católicos se hace con la yuxtaposición de dos estados antagónicos (Coronas de Castilla y Aragón) y con enfrentados intereses, sus consecuencias las seguimos pagando en la actualidad.

El incompleto “estado peninsular” arrasó otro estado, como final de la mal llamada “reconquista”, islámico, pero mucho más avanzado cultural, administrativa, agrícola y económicamente.

El Imperio así formado fue heredado por un imberbe rey extranjero, ajeno a todo lo de este país, que tardó años en darse cuenta de lo que tenía entre manos. El primer “Austria” inaugura así una dinastía que fue en continua decadencia hasta el último de sus tarados miembros. El, probablemente, mayor fundamentalista de la historia, el rey Felipe II, pone todos los intereses del país al servicio de una trasnochada idea religiosa. Todos sus sucesores viven hipotecados a la influencia de la Iglesia Católica y elaboran un país mojigato e inquisitorial, una España negra en lo político, cultural y religioso. Los “Austria” terminan su ejecutoria con un monarca que los resume a todos: hechizado, impotente y sin sucesión.

No mejoraron las cosas con la nueva dinastía. Los Borbones, que ya estaban desacreditados en toda Europa antes de acceder al trono de España, mantienen una línea de deriva a pesar de un cierto empuje inicial. Cuando se llega al triste binomio, Isabel II- Fernando VII, las cotas de indignidad alcanzan límites más que notables. Una corte de inmorales, oportunistas, chaqueteros, juerguistas y adictos al sexo y al alcohol, nos gobierna o aspira a gobernarnos. La salud moral y política del Estado está al borde la quiebra.

Ya en tiempos casi contemporáneos la “restauración borbónica” ofrece más de lo mismo. Mucho afán de enriquecimiento personal, mucha juerga, mucho sexo irregular, mucho hijo bastardo y mucho negocio ruinoso.

Por razones de coyuntura corro un tupido velo, pero el último de los Borbones hace honor a la realeza y a su dinastía, y en el año de la mayor crisis económica del planeta, hace un discurso navideño, donde aparte de alinearse de manera inequívoca con las injustas medidas de un capitalismo voraz e insolidario, ignora por completo a las víctimas de esa crisis: los trabajadores, los pensionistas, los jóvenes y mujeres en paro.

El mal llamado “poder arbitral” de la Corona queda una vez en entredicho. Su neutralidad también.

Y en la, para algunos, Nochebuena, los que podían comían merluza, pavo y angulas. Otros, simplemente, se jodían.

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