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lunes, 21 de noviembre de 2011

LA CALLE ES SUYA: OJALÁ NO LA RIEGUEN CON SANGRE



Autor: Arturo del Villar
Presidente del Colectivo Republicano “Tercer Milenio”




La derecha cuenta con un nuevo motivo para conmemorar el 20 de noviembre: además de ser aniversario de las muertes del dictadorísimo y del fundador de la Falange, ha obtenido la mayoría absoluta en las elecciones legislativas de 2011. El tiempo se repite. Mientras veía por la televisión el aspecto de la calle ante la sede del partido que ha demostrado ser Popular con su victoria, escuchaba los vivas a España con otros gritos por el estilo, veía el tremolar de las banderas bicolores, y oía al locutor anunciar que enseguida saldría al balcón el ganador. Ese conjunto me hacía suponer que iba a volver a ver aparecer la canija figura del dictadorísimo, amparada por la gallarda del entonces príncipe de España designado su sucesor, para asomarse al balcón del palacio de Oriente y corresponder al clamor de la multitud.

No era posible la escena, porque el dictadorísimo murió y dejó paso al sucesor que había designado en virtud de su omnímodo poder para continuar su tarea incompleta. Los que aparecieron fueron algunos de los dirigentes del partido que parece ser Popular. Faltaba su presidente fundador, el fascista Manuel Fraga, ministro y embajador con el dictadorísimo, tan canalla que se burló del crimen cometido por el régimen al que servía contra Julián Grimau, llamándole “ese caballerete”.


Este dictadorcete, cuando en 1976 era ministro de la Gobernación con la monarquía del 18 de julio, pronunció una frase histórica. “¡La calle es mía!” Por eso corrió la sangre en Montejurra el 3 de marzo y en Vitoria el 1 de mayo. ¿Volverá a correr ahora que su partido domina el Congreso, el Senado y la mayoría de las comunidades autónomas? Con motivo de su 88 cumpleaños se ha inaugurado un museo en su casa, para perpetuar su paso por la historia, rastreado en sangre. En cambio, Grimau no tiene ningún recuerdo, fuera de la memoria en nuestro corazón.

20 – 11: ¡HUNDIDO!

La apabullante victoria del partido que vamos a tener que creer Popular ha conllevado el hundimiento del partido Pseudo Socialista Obrero Español (PSOE). Se lo tiene merecido, después de la política de extrema derecha aplicada por el jefe del Gobierno hasta ahora, el compañero Rodríguez: después de hundir a España ha hundido a su partido. Ni el capitán del Titanic logró tanto. Cierto que había elegido el equipo más inepto del reino para aplicar sus órdenes, y que designó al más cerril de sus colaboradores para ser el candidato a sucederle al frente del Gobierno. Así, los votantes le hemos dado al compañero Rodríguez una formidable patada en el culo del compañero Pérez. Que se la transmita, si quiere. Sería preferible procesarlo por manifiesta incompetencia, como se ha hecho en Islandia con su tontorrón presidente del Gobierno, pero aquí todavía no es posible hacerlo. Por ahora.

El candidato compañero Pérez, con esa facundia estúpida característica de los socialistos, prometió el 2 de octubre en un premitin de la precampaña: “¡Yo no me voy a dejar ganar, no me voy a dejar ganar, y vosotros no os vais a dejar ganar!” Sus músculos son comparables a su lengua: ha conseguido el peor resultado en toda la historia del partido PSOE desde la muerte del dictadorísimo. No se dejó ganar, pero quedó noqueado para la eternidad.

Su aspecto siempre mísero resultó más deplorable todavía cuando se presentó ante el grupito de correligionarios inasequibles a los datos que esperaba su discurso aquella noche memorable. Ante las bibianas bulímicas que le aplaudían por su derrota, leyó unas cuartillas explicativas. Es curioso: él, que criticaba a su principal oponente por haber leído apuntes durante su intervención en el debate televisivo que los enfrentó, se dedicó a leer su exculpación, porque la culpa de la derrota es de los demás, por supuesto, no es suya.

Aunque lo sucedido no es una derrota, según la sociatonta ministra de Defensa ya en funciones (¡por fin dejará de esquilmar los Presupuestos Nacionales!), La Niña de la OTAN, cabeza de lista (más bien de tonta) de su partido en Catalunya, tan fracasada como su jefe. No pasa nada, ha asegurado con voz marcial mientras arengaba a una pandilla de correligionarias anoréxicas, porque “sólo está derrotado el que se rinde, y nosotros no nos rendimos”. Pues hala, a seguir así, y acabará fregando los cuarteles, que lo hará mejor que administrarlos, sin duda. Lo único que le ha faltado al partido PSOE es que le cayese un misil de la OTAN en la sede, para testimoniar su desastre. Sería un justo castigo a su humillación ante el Imperio.

LOS NACIONALISMOS ARROLLAN

Precisamente en Catalunya ha sido histórico el triunfo del nacionalismo con la coalición Convergència i Unió (CiU). Ello a pesar de la política de austeridad que ha implantado el presidente de la Generalitat, Artur Mas, dado el agujero dejado en las arcas nacionales por su predecesor, un sociata andaluz del que nadie quiere acordarse, ni siquiera para insultar su memoria. Este dato basta para demostrar que el rechazo al partido PSOE en todo el reino no debe achacarse a las dificultades económicas que padecemos, sino al hartazgo al que hemos llegado los vasallos a causa de la chulería demostrada por el inútil jefe del Gobierno, capaz de negar que nos amenazase la crisis, de llamar antipatriotas a cuantos se la señalaban, y de presumir de que toda la Unión Europea nos envidiaba. ¡Olé!

Mientras hablaba el candidato vencedor de CiU, Josep Antoni Duran i Lleida, sus electores reclamaban la independencia de Catalunya. Lo han elegido para que la defienda en Madrid. En las sucesivas votaciones que se han desarrollado desde el 13 de setiembre de 2009 por todo el territorio catalán, para conocer la opinión de sus habitantes, el resultado mayoritario ha sido siempre el de reclamar la independencia nacional. Con esta votación a las Cortes españolas se refrenda ese deseo.

También en Euskadi ha vencido el nacionalismo independentista. Con ello se ha pegado una muy sonora bofetada al compañero Rodríguez en la mejilla del candidato Pérez. Casi da pena del pobre hombre, si no fuera porque lo conocemos. Mientras desempeñó el cargo, a todas luces impropio, de ministro del Interior, el compañero Pérez se volcó en la persecución de las agrupaciones abertzales, amenazando a sus dirigentes con aplicarles todo el peso de las leyes monárquicas, según su gusto.

SOPLA EL VIENTO DE LA HISTORIA CON FUERZA

Por concretarnos en las actuaciones de este año de desgracia de 2011, primero quiso condenar a la asamblea de alcaldes y concejales electos vascos Udalbiltza, pero la Audiencia Nacional los absolvió el 20 de enero. El 7 de febrero se presentaba Sortu en Bilbo, con unos estatutos en los que defendía la independencia de Euskal Herria; el ministro Pérez prohibió su registro en el Ministerio de su titularidad, y ordenó a la Fiscalía y a la Abogacía del Estado que los estudiaran para acusarlos ante los tribunales. Lo mismo hizo en marzo, cuando se presentó la coalición electoral Bildu, hasta conseguir que fuese ilegalizada por el Tribunal Supremo, pero el Constitucional la autorizó el 5 de mayo. Indiferentes a la legalidad, los compañeros Rodríguez y Pérez amenazaron el 24 de junio con aplastar violentamente a Bildu.

En estas elecciones ha triunfado Amaiur, que ha conseguido siete escaños en el Congreso de Madrid. Esta coalición fue presentada oficialmente el 27 de setiembre, con el afán de procurar “el reconocimiento nacional y el derecho a decidir que le asiste a Euskal Herria”. Tal es su misión ante los diputados españoles.

Catalunya y Euskadi exigen la independencia, pero esto es imposible con una Constitución que en su artículo 56:1 asegura: “El rey es el jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia”. Es preciso derrocar primero al símbolo. En una República Federal Ibérica todas las nacionalidades de la península tendrán la misma independencia. No hace explicar el sistema, porque ya lo hizo Francisco Pi y Margall en 1877 en su libro Las nacionalidades. Lo había escrito el año anterior, recién aprobada la Constitución de la monarquía impuesta tras el golpe de Estado del general traidor Martínez Campos, el sepulturero de la I República. Termino este comentario copiando el comienzo del capítulo VIII del libro III, para invitar a reflexionar sobre el futuro a quienes se inquietan por el papel histórico de España:

Borrados los lazos de los antiguos reinos, la quisieron dominar por el absolutismo, y la llevaron a la más vergonzosa decadencia: a que fuera la última de las naciones la que había influido en el mundo, más aún que por sus armas, por sus ciencias y sus letras. […] La han precipitado por una interminable serie de revoluciones y reacciones que la empobrecen y la deshonran. La han envuelto en guerras civiles tan sangrientas como largas. La han dividido, no ya en bandos, sino en banderías y facciones que se disputan encarnizadamente el poder y no le dan punto de sosiego. La han traído paso a paso a una política de pandillaje que hace del Estado presa de codiciosos y de hambrientos. Por temor a la disgregación de las antiguas provincias la han descuartizado y han producido la de los individuos hasta casi reducirnos a tot capita quot sensus. Bajo el principio federativo habría sido por lo menos cada provincia un dique contra la disolución moral que nos amenaza. Es más que probable que no hubiesen existido las guerras suscitadas por los vascos y los navarros. Cada provincia habría acomodado sus reformas a sus necesidades y a sus intereses, y no habrían venido revoluciones de índole general, no en todas partes igualmente reclamadas, a exaltar los corazones y a levantar los ánimos. […] No se contraría nunca impunemente el espíritu de los pueblos: se ha contrariado el del nuestro, y donde se busca el orden se encuentra la anarquía; donde la vida, la muerte.

Estas palabras fueron escritas hace 135 años, pero mantienen toda su vigencia. Eso demuestra que no se ha aplicado una solución coherente para el problema de España. Lo estaba intentando la II República cuando los militares rebeldes impidieron su continuación. Ahora sus herederos han ganado limpiamente la calle, gracias a la colaboración desinteresada de los que se atreven a llamarse socialistas y ejecutan una política ultraconservadora. Un partido de derechas va a suceder a otro de derechas.

Todo porque la izquierda no consigue unirse en un partido republicano que se atreva a presentarse con ese nombre precisamente: Partido Republicano de Izquierdas.

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