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jueves, 19 de enero de 2012

Los derechos de las mitras




Publicado por Rafael Fernando Navarro (http://marpalabra.blogspot.com/)

Exigir los propios derechos mientras se les niegan a los demás los suyos es una desfachatez sin nombre. Sólo se puede pedir aquello que estamos dispuestos a reconocer para los demás, no por generosidad sobrevenida sino por exigencia vital.

Para el Papa Benedicto XVI el matrimonio homosexual pone en peligro el futuro de la humanidad. Para el Obispo de Córdoba la vida actual es una catapulta de incitaciones a la fornicación y todos estamos inscrito en ese disparadero sin escapatoria posible. El sexo es una obsesión episcopal que revela –como he escrito en otros artículos- que los Obispos tienen el sexo entre los parietales. El ser humano cabalga sobre su sexo sin posibilidad alguna de terminar su carrera si no se apea de él. Este reduccionismo de lo humano a puro sexo es de una pobreza intelectual tal que no merece el más mínimo respeto y ni siquiera tener en cuenta opiniones tan ridículas como las expuestas por estos dos representantes de la Iglesia Católica.

Una Iglesia acostumbrada históricamente a incestos sacrílegos con dictadores, poderosos, ocultadores de pederastas, farisaicamente comprometida con los ricos, defensora de inquisiciones y perseguidores, reclamando ingentes cantidades de dinero mientras hay familias que pasan hambre y se quedan sin techo, no es una Iglesia que tenga derecho a hablar contra matrimonios homosexuales o fornicaciones. A no ser que estas materias sean el muro que pretenda ocultar las miserias que están al otro lado de la jerarquía.

A la Iglesia española habría que advertirle aquello que se notifica a los detenidos: está en su derecho de guardar silencio porque todo lo que manifieste puede ser utilizado en su contra. Y la Iglesia, esposada a un pasado oscuro y plomizo, debería tener la suficiente humildad para oír la advertencia de un mundo que tiene valores que están por encima de advertencias que hasta científicamente están superadas.

Este país nuestro vive situación económica tremenda. Los empresarios utilizan la crisis como coartada para desnudar a la clase trabajadora de unos derechos adquiridos con muchos sudor, con muerte incluso. Miles y miles de españoles son arrojados de sus techos por una avaricia incalificable de los bancos amparados por leyes incomprensibles, miles de españoles tienen que acudir a comedores sociales porque el hambre se acerca a las cartillas de racionamiento, cinco millones de parados constituyen un INEM gigantesco, tenemos que organizar nuestros infartos para que alguien pueda atendernos en horario destinado a cardiopatías, nuestros hijos están sin calefacción y papel higiénico en los colegios, los corruptos son indultados, los últimos vestigios (¿los últimos?) del franquismos son encumbrados a los altares de la historia… Y ante este panorama la Iglesia vive angustiada por el amor homosexual y la fornicación, negándole la comunión a un divorciado, pero ofreciéndosela sin escrúpulo alguno a un Pinochet de tantos como hay en todos los órdenes de la vida.

Los Obispos se manifiestan contra un Parlamento legítimo al que le niegan su derecho a legislar mientras exigen millones de euros en virtud de un Concordato que debería estar denunciado hace tiempo. La Iglesia no tiene derecho a negar el amor a quienes han decidido emprender la aventura de la vida incomprendida por la Jerarquía. Y por otra parte resulta una fornicación indecente los amoríos concubinos con el capital, con la falta de projimidad con los problemas de los más abandonados por la sociedad, con la mujer maltratada por parte de lobos feroces y de la visión de la Iglesia, con el sida como maldición divina, con una economía que por lo visto es fruto de la falta de oración…

A los que dicen que la Iglesia no hace más que defender lo que siempre ha defendido habría que preguntarle en que se basa pasa esta obstinación seudo intelectual. Y que nadie invoque la fe con el derecho canónico. La fe es una entrega al Tú en el amor de quien se sitúa al lado fraternal de la esperanza en un mundo mejor y más habitable para todos.

La Iglesia debería preguntarse por su disponibilidad hacia los demás antes de exigir derechos y empeñarse en adoctrinamientos alejados de la realidad del hombre de hoy.

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